Festival del Volcán y próximo alcalde de Colima

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PARACAÍDAS
Rogelio Guedea

Si bien ninguno de los candidatos para alcaldía de Colima tiene asegurado su triunfo, al día de hoy sigo creyendo que será Héctor Insúa (de la alianza PAN-PRD) quien logre reelegirse en el cargo. No se descarta, de ninguna manera, que Locho Morán (de Movimiento Ciudadano) pueda imponerse con la victoria, pues todavía queda en la memoria de importantes sectores de la población el haber hecho una buena gestión cuando fue presidente municipal, y esto tiene un peso significativo si consideramos que también importantes sectores de la sociedad colimense no están contentos con la gestión de Insúa.

De Rafael Briceño (de Morena) y de Walter Oldenburg (del PRI-Verde Ecologista) se ha hablado poco pero tampoco se descarta ni la avanzada lopezobradorista que sin duda beneficiará a muchos candidatos de Morena (basta ver nada más el éxito arrollador que tuvo López Obrador en Manzanillo) ni tampoco que Oldenburg es un candidato-empresario ciudadano priista que no tiene un historial negro ni como político ni como empresario.

En cualquiera de los casos, hay un cónclave electoral que se ha erigido como el principal atractivo de la gestión de Insúa y que no ha sido suficientemente analizado por la población colimense. Me refiero al Festival del Volcán, mayor carta de presentación del candidato de la alianza del PAN-PRD de camino a su reelección, y que también ha sido un punto de inflexión en el resto de los candidatos, quienes sin duda han pensado en continuar con el Festival del Volcán pues poner en peligro su continuidad (por lo menos amenazar con ello durante su campaña) les restaría votos.

Yo no lo creo así. Yo lo que sí creo es que si bien el Festival del Volcán ha tenido un éxito importante en términos sociales (sobre todo con la invitación de grandes artistas de talla internacional), la población colimense no debe dejar de advertir dos cosas importantes: la primera es que todo ese gasto lo pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos (y ya vemos que los artistas de talla internacional no cobran barato) y la segunda es que no hay en eso nada que trascienda en nuestras vidas más allá de un momento (grato sí) de placer.

Tener momentos de esparcimiento y placer es algo que todo individuo y comunidad debe tener, pero nunca hay que dejar de analizar bajo qué costo los tenemos. Si en mi casa, por ejemplo, no tengo qué darle de comer a mis hijos, o no tengo puertas para protegerlos de las amenazas del exterior, mal haría yo en irme de parranda con los amigos y gastarme en una noche todo el dinero que debería estar destinado para esas prioridades.

Lo mismo con el Festival del Volcán: ¿no sería importante considerar que todo ese gasto se destine a tener mejores calles, más policía preventiva, más y mejores servicios? La pregunta no es sólo para los gobernantes sino también para la población, pues ésta última debe saber cómo se administran sus impuestos. Podemos tener más festivales y muchos más internacionales artistas, pero ¿en qué condiciones está la deuda pública y en qué condiciones quedará al cabo de unos años?

Si tuviéramos de sobra, no estaría nada mal en invertir en esparcimiento, pero en tiempos tan aciagos como los que vivimos bien valdría pensar en buscar la forma de que esto que aparentemente puede ser un beneficio social en el fondo sea un perjuicio. Quien sea que quede como próximo alcalde y quiera continuar con este Festival deberá considerar hacerlo tomando en cuenta lo que es prioritario para una comunidad y lo que es accesorio.

Aclaro de nuevo: yo estoy a favor del Festival, pero siempre y cuando la inversión que se haga en seguridad en mi ciudad, por ejemplo, me deje andar por las calles con la tranquilidad con la que andaba hace algunos años.

Rogelio Guedea
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