MAMÁS

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VISLUMBRES
Abelardo Ahumada

Antes que nada quiero aprovechar la oportunidad de mandar un cariñoso saludo a todas las señoras mamás que, pese a las múltiples obligaciones que tienen (o les imponen), se dan tiempo para leernos, deseándoles desde mi corazón que no sólo este diez de mayo, sino todo el año, reciban las más grandes muestras de amor que se merecen.
Y una vez enviado ese positivo saludo, las invito (e invito a los demás lectores y lectoras) a que, como aquellas “aves que cruzan el pantano y no se manchan”, participen con este redactor en el análisis de uno de tantos lodazales que la política tiene.

SE EQUIVOCARON AL CAMBIAR DE HOMBRE.

Hubo algo muy raro en el cambio que la semana pasada se dio en lo más alto de la cúpula nacional priísta, porque en vez de sustituir
a su desangelado candidato presidencial (que sigue apareciendo en un lejanísimo tercer lugar en todas las más recientes encuestas publicadas), decidieron romper el hilo por lo más delgado, y convirtieron a Enrique Ochoa Reza, su ex líder nacional, en un simple chivo expiatorio. Como si él fuera el único y más notable culpable de la falta de pegue y simpatía que su candidato tiene.
Sabíamos, por los trascendidos, que en el “cuarto de guerra” del comandante Meade no hallaban ya qué hacer para elevar el desinflado globo. Pero lo único que se les ocurrió fue eso, y de la noche a la mañana se sacaron de la manga a un nuevo “líder nacional” que “no le teme a nadie”, como sí parecía Ochoa Reza temerle a la avalancha de simpatías que ha levantado El Peje, y que por lo visto es capaz de hacer todo para que gane Meade.

¿QUIÉN LO PUSO, QUIÉN LO QUITÓ?

En la muuuy vieja tradición priísta era costumbre que cuando un candidato presidencial ya había sido designado por el presidente de la república en turno, éste comenzaba, voluntaria o involuntariamente, a declinar, y a cederle al recién nombrado la toma de algunas decisiones políticas importantes, como la de, por ejemplo, palomear las listas de los candidatos a gobernadores, senadores y diputados federales que contenderían a la par que él por dichos cargos. Pero si había alguien que durante ese lapso se considerara inamovible, era, por supuesto, el también super-poderoso presidente nacional del PRI.

Por lo que, dados esos antecedentes, a los viejos nos parece muy raro que a sólo dos meses que faltaban para la elección, se haya dado la noticia de que Enrique Ochoa Reza, en su momento muy alabado por ser amigo de su tocayo Peña Nieto, dejaría la dirigencia nacional del PRI y automáticamente entraría en un estado de ostracismo, cargando todas las culpas de la debacle del tricolor.

Pero dentro de ese contexto ¿quién decidió quitar a Ochoa Reza y quién decidió encumbrar a René Juárez Cisneros?
La pregunta podría parecer ociosa, pero si hay algo que nos queda bien claro sobre esa intrigante decisión, es que el ex secretario de Hacienda, José Antonio Meade, no conocía “las entrañas del PRI”, de donde dice venir orgulloso el nuevo, pero no flamante, presidente nacional (provisional) del PRI. Y si Meade no conoce tales entrañas, ¿quién y para qué se atrevió a sacar a la luz (y de tan oscuro lugar), a ese antiguo militante guerrerense?

Y como todo esto se presta también a chunga, hay mucha gente “sospechosista”, que está pensando que fue el mismísimo Peña Nieto el que lo decidió solito. Pues no por menos algunas voces cáusticas lo identifican como “el verdadero coordinador de la campaña presidencial”. Todo eso porque, habiendo sido René Juárez Cisneros, gobernador de Guerrero de 1999 al 2005, y habiendo sido electo como senador en 2012, más tarde pidió licencia al cargo para incorporarse al gabinete presidencial nada menos que como subsecretario de Gobernación, bajo las órdenes de Miguel Ángel Osorio Chong. Así que, lector, saque sus conclusiones.

ANAYA TIENE RAZÓN.

Pero “haiga sido como haiga sido” -Calderón dixit- la designación de éste oscuro político acapulqueño como nuevo presidente nacional del partido tricolor, hasta el peloncito Ricardo Anaya tuvo razón, cuando el día 3 de mayo, estando de gira en su estado natal, y al ser cuestionado por los reporteros en San Juan del Río, dijo que aun cuando él es “respetuoso de las decisiones que tomen otros partidos políticos”, no le cabía ninguna duda de que “este cambio (el Juárez Cisneros por Ochoa Reza) es una muestra, una señal inequívoca de que la campaña presidencial del PRI no va bien, de que van en un muy lejano tercer lugar […] en franca picada”.

Más tarde supimos que don Pepe Meade andaba en gira en Puebla cuando según eso, como a las nueve y media de la noche, le avisaron que a Ochoa Reza lo habían mandado a rezar a otra parte. Por lo que se confirma que, siendo el candidato presidencial, tampoco lo consultaron a él, y no dieron cumplimiento de las famosas leyes no escritas del PRI, para él tuviera oportunidad de decidir quién sería el sucesor del “popular Clavillazo”. ¿Por qué son, los verdaderos mandamases del PRI, tan crueles para descabezar a los que alguna vez les sirvieron, y para imponerle a su limitado candidato a un alguien sacado “de las entrañas” del ex partidazo?
Yo, la verdad, no sé, aunque me la imagino. Pero a propósito de esto mismo, ¿sabía usted que no es #yomero, ni siquiera EPN el verdadero mandón que está detrás de todo esto?

Las voces críticas -incluyendo la de AMLO al referirse a “la mafia del poder”- siguen insistiendo en el que mero-mero mandón del PRI ha sido, y sigue siendo, el chaparrito malévolo de Carlos Salinas. Dato que aun cuando tampoco me consta, no dudo tanto en creer, dados los antecedentes maquiavélicos que se le atribuyen al ex “Gnomo de Dublín”.

“A MUERTE”.

Y como según cierto filósofo popular, “una cosa sigue a la otra”, resulta que el domingo 6 (al que sólo le faltó un día para convertirse en domingo 7), tal vez contagiado por el patrioterismo con que las autoridades gubernamentales festejaron el sábado 5 la victoria obtenida por el antiguo Ejército Mexicano contra el Ejército Francés, el ciudadano Meade, se lanzó al ruedo de las campañas políticas con un nuevo discurso, diciendo que: “El Partido Revolucionario Institucional estará del lado correcto de la historia y dispuesto a jugársela a muerte para defender la estabilidad, la transformación y la seguridad del país”.

Expresión que dicha en otras circunstancias no pasaría de ser una simple e inofensiva bravata. Pero que, dado el ambiente violento y enrarecido que comienza a nublar algunas otras campañas a otros puestos de elección popular, me parece muy preocupante, porque evidencia la idea de que Meade (o más que él sus titiriteros) no son gente que estén dispuestos a perder lo que con tanto celo han logrado, y sí son individuos que están empeñados en que su títere gane (desde luego para ganar ellos), cueste lo que cueste. Todo esto mientras allá en Chihuahua una candidata del PRD y un dirigente local del PES eran arteramente sumados a los ya varios los candidatos “de oposición” que pierden la vida a manos de otros caciques y políticos intolerantes.

Pero no sólo eso dijo el ciudadano Meade, sino que, contagiado -como sugerí- por el “fervor patrio” de los discursos que escuchó un día antes, en la asamblea que tuvo el día 6 con priístas y con candidatos a todos los cargos, trató de dar mayor énfasis (a su de por sí aguado discurso) gritando, con evidente autoritarismo: “En esta campaña decimos: ¡No a visiones autoritarias!”

Y habló, como si en vez de campaña política ésta fuera otra batalla de Puebla con un imaginario enemigo extranjero, expresando que en estas “elecciones, el PRI mostrará la fuerza para convencer a un ejército de millones de militantes y simpatizantes que saldrán a la calle, que tocarán puerta por puerta, todas las manzanas, todas las colonias, todas las secciones de todos los distritos y de todas las circunscripciones para convencer al electorado” de que votar por él es lo mejor que pueden hacer.

Y haciendo evidente, también, que él prefirió sacrificar a Ochoa Reza en vez de aceptar ser sustituido como candidato, se refirió al nuevo líder tricolor: “Hoy quiero, frente a ustedes, reconocer a René Juárez. Y en él, a una militancia activa y comprometida, que pica piedra y palo (sic), que toca puertas, convence a su vecindad, y a un dirigente que, frente al reto y frente a la dificultad, viene y dice aquí: ‘¡Sí se puede!”

Señalando de paso que “ésta no es una elección cualquiera, porque está en juego el futuro del país” y porque “la patria nos convoca de nuevo”.
Terminando su perorata con una mentira que ni él se creyó, pues dijo estar “orgulloso del priismo que vibra, que pone el ejemplo y trabaja día y noche para alcanzar la victoria”.

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