Un pacto con el “diablo” para encontrar el amor

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El Archivo General de la Nación (AGN) resguarda el fondo Inquisición, conformado por 1,773 volúmenes, de los cuales la mayoría son procesos realizados por el Tribunal del Santo Oficio en la Nueva España –fundado por mandato del rey Felipe II en 1569–, que se encargó de perseguir y castigar los actos contra los dogmas católicos. Entre sus documentos se encuentran como los delitos más sancionados la herejía y la brujería. Un ejemplo fue el caso de fray Francisco Xavier Palacios, monje corista que perteneció a la orden de los dominicos. Historia fascinante que podemos localizar en el expediente 22 del volumen 1284, del citado fondo documental.

La historia de Palacios se inició en 1790 en la provincia de San Hipólito Mártir, Oaxaca, cuando se presentó ante el Tribunal del Santo Oficio y se culpó de blasfemar y haber pactado con el “príncipe de las tinieblas” para dejar la carrera religiosa, asimismo, mencionó que por insinuación de “la mala amistad de una mujer” se unió a la orden de Santo Domingo, pues ella le aseguró que así lo querría más. Fray Francisco Xavier Palacios no deseaba proseguir con su vida monástica, pretendía librarse de su hábito para vivir con la mujer amada, lo que le orilló a intentar suicidarse en dos ocasiones y a huir del convento para librarse de la “religión”, sin embargo, Josefa (la mujer amada), le advirtió que si abandonaba el convento ella “buscaría a otro a quien querer”; por tanto –relató Francisco–, se sintió desgraciado pues no quería seguir en el oficio ni perder a su “querida”, por tal motivo invocó al “demonio” en varias ocasiones, hasta que se le presentó un hombre de “21 años, rostro regular, semblante áspero, de aspecto melancólico, vestido con capa negra y birrete blanco” y le dijo “he venido a que cumplas lo que me prometiste”; Francisco le aseguró que cumpliría su promesa, siempre y cuando él lo liberara de la religión y le ayudara a conseguir a la mujer que deseaba.

En un segundo encuentro, el “diablo” tomó a Francisco “de las manos y le dijo: pídele a tu querida que te haga una muñeca, a la cual adorarás por mí, y la tendrás donde nadie pueda verla”. Acto seguido el “demonio” hizo escribir y firmar una “cédula” a Francisco con su propia sangre: “Yo, Francisco Xavier Palacios, hago donación de mi alma al Príncipe de las Tinieblas en su posesión de que me hace cumplir lo que le he pedido. Yo no reconozco a otro Dios sino a él (…) así prometo de hoy en adelante (…) no creer nada de lo que creen los cristianos y reniego del nombre de cristiano”.

Sin embargo, los inquisidores dudaron de la versión de Francisco; consideraron que todo lo inventaba para librarse de la vida monástica. Al investigar los inquisidores se percataron de las mentiras de Francisco, quien al verse descubierto negó cualquier contacto con el “demonio”, por consecuencia, era falso el pacto firmado con su sangre y la adoración del “diablo” a través de la muñeca. Francisco Xavier imaginó todas esas cosas porque estaba ciegamente enamorado, además, le producía una enorme ira el no estar con su amada y por ello no pensaba correctamente.

La muñeca con la que Francisco aseguró “adoraba al Príncipe de las Tinieblas”, fue una petición que el propio fraile le hizo a Josefa, con el argumento de que con ella la sentiría cerca dentro del convento. Josefa, al enviarle la muñeca, le escribió a Francisco “te mando con lo que has de jugar aunque yo no quisiera que jugaras con eso, sino conmigo cielo de mi vida”. Es decir, la muñeca no tuvo el carácter “demoníaco” que le confirió Francisco, sino uno sentido erótico.

Por su parte el fiscal del Santo Oficio, Antonio Bergosa y Jordán, concluyó el juicio señalando: “para fomentar su lujuria tenía en su poder, oculta, una muñeca de trapo hecha por la mano de su amasia, la cual usaba deleitándose con ella torpemente con la memoria de sus tratos con dicha mujer, y que le sirviese para los más abominables hechos”. El castigo impuesto a Francisco por parte del Tribunal del Santo Oficio, fue permanecer en reclusión dentro de las cárceles secretas de la Inquisición, no por haber “pactado con el demonio” sino por apostata, pues en reiteradas ocasiones manifestó a sus compañeros que el juicio final “era cuento, que el infierno no le constaba que hubiese y que las almas se pasaban de unos cuerpos a otros”.

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