LA MATANZA DE LOS INOCENTES

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VISLUMBRES
Abelardo Ahumada
NOTA PREVIA.

Aprovechando “la tregua de Navidad”, quiero comentar un poco acerca de dos acontecimientos históricos que, independientemente de su trascendencia (pues uno es mundial y otro local), le pueden interesar a muchos paisanos. Y comenzaré con el más antiguo y universal, que alude al primer intento para matar a Jesús:
LA MATANZA DE LOS INOCENTES.

La dinastía de Herodes el Grande, está históricamente vinculada con el nacimiento, la vida y la muerte de Jesús. Puesto que todo ello ocurrió mientras gobernaron la región del Jordán Herodes y sus descendientes.
Traigo estos datos a colación porque cada 28 de diciembre se conmemora (al menos entre los cristianos católicos), la muerte de los llamados “Santos Inocentes”. Misma que según la dos veces milenaria tradición, habría sido propiciada por el primero de los Herodes, nacido en Palestina hacia el año 73 a. C. y muerto el año 4 d. C.

Establecido como procurador de Judea por Julio César en el año 47 a. C. y reconocido como rey de la región por el Senado romano en el año 39, Herodes el Grande no había sido un rey cualquiera, pues había tenido vínculos con Cleopatra, reina de Egipto, Marco Antonio y Octavio Augusto, quien lo ratificó en el trono en el año 31. Como rey obediente a los dictados romanos era, sin embargo, considerado como traidor ante la nación judía, no obstante que entre sus obras notables había dado inicio a la reconstrucción del templo de Jerusalén, máximo centro de culto de aquel pueblo.

Según lo refieren los Evangelios de Lucas y Mateo, fue precisamente en tiempos de Octavio Augusto y el primer Herodes cuando, acatando un edicto del emperador romano, María y José concurrieron a Belén para ser empadronados. Habiendo sido allí mismo donde nació su hijo y a donde, siguiendo una señal celeste, habrían concurrido los famosos “tres magos de oriente” (a quienes algunos consideran eminentes astrólogos mesopotámicos), para rendir honores al niño que había nacido y que las Escrituras habían largamente anunciado.
De conformidad con el Evangelio de Mateo, los magos se presentaron en primera instancia ante el rey Herodes, tanto para notificarle que el niño de las profecías había nacido en su tierra, como para pedirle el permiso de visitarlo. Dice Mateo que “en oyendo” toda esa información “el rey Herodes se turbó y con él toda Jerusalén”, por lo que convocó a todos los sabios, escribas y sumos sacerdotes del judaísmo para que le dijeran en qué sitio preciso decían las Escrituras que habría de nacer aquel niño, contestándole éstos que, como lo había anunciado el profeta Miqueas, sería en Belén. Por lo que, temiendo que todo aquello fuera cierto y que las profecías se cumplieran en el sentido de que aquel pequeñito habría de convertirse en un “rey poderoso”, capaz por ende de quitarle el torno, hipócritamente les pidió a los magos que fueran a Belén a informarse “bien sobre el niño” y le vinieran a avisar cuando lo encontraran “para ir también yo a adorarle”.

Engañados por la amabilidad de Herodes los magos fueron a Belén, vieron al niño, lo reconocieron como producto de un embarazo milagroso, le rindieron respeto y le dejaron regalos pero, luego, advertidos según La Biblia “en sueños”, de la verdadera intención de Herodes, decidieron no informarle y “se retiraron a su país por otro camino”.
Lo que pudiera ser la parte más importante de esta narración evangélica es que a partir de ese momento se inicia un extraño vínculo entre Herodes, sus hijos, el propio Jesús y sus apóstoles, convirtiéndose los unos en perseguidores y otros en perseguidos. Tal y como si, muy al margen de unos y otros, incluido el propio Jesús, alguien atrás y antes que ellos hubiese escrito una trama en la que todos habrían de ser actores involuntarios.

La tradición afirma que Herodes montó en cólera al enterarse de que había sido burlado por los magos pero que, en vez de perseguirlos o mandarlos aprehender, ordenó la desaparición del niño, a quien veía como su futuro competidor por el trono. Y que, al no hallarlo, y sin saber que él había sido sacado de Belén por su padre (José), yéndose con rumbo a Egipto, Herodes mandó sacrificar a todos los niños del poblado que tuviesen dos años y menos, para asegurarse de que la amenaza sobre su poderío acabara de una buena vez.

En el anuncio, por otra parte, que se le había dado a José, iba implícito el cumplimiento de otra de las profecías, en este caso de Oseas, el cual había escrito: “De Egipto llamé a mi hijo”. Cosa que se habría cumplido sin José saberlo cuando, igualmente “el Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; allí estarás hasta que te avise. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle”.

Como Herodes murió finalmente en el año cuatro, bien podemos suponer que muy poco tiempo después ocurrió el regreso de María, José y el niño hasta Judea, pero al enterarse José que Arquéalo reinaba “en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y… se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret”, con lo que, todavía según San Mateo, pudo cumplirse otra profecía que anunciaba que el Mesías “será llamado Nazareno”.
Concluyo con esto el origen de “La Matanza de los Inocentes”, pero quiero resaltar que esta historia evidentemente no terminó allí, y que fue durante el reinado del segundo Herodes (Herodes Antipas), cuando ocurrió la crucifixión de Cristo.
Y ahora me referiré al tema local:

LA VIDA Y LA MUERTE DE DON FILOMENO BRAVO

Nuestros posibles lectores se preguntarán, tal vez, quién fue este señor y por qué nos referimos a él hoy… Para disipar esas dudas déjenme decirles que don Filomeno Bravo fue el único gobernador de Colima al que le tocó tener enfrente tanto a don Benito Juárez como a Maximiliano de Austria, en dos momentos que para él y nuestro país fueron trascendentales. Pero que fue arteramente fusilado un día de finales diciembre de 1878.

Nacido en la pequeña ciudad de Colima el 5 de julio de 1839, todo parece indicar que fue uno de los muchos jóvenes colimenses que el General José Silverio Núñez reclutó a principios de 1858, para irse a Guadalajara, a formar parte de lo que no tardaría en ser el ejército que apoyaría al futuro presidente Juárez. Pero que ya estando Filomeno en esa ciudad, al reorganizarse el ejército que se conformó con los hombres que asimismo aportaron los gobernadores de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes y Zacatecas, el joven colimense fue adscrito a un destacamento que se quedó en dicha ciudad, bajo el mando de un coronel que dos meses después se opuso a don Benito, quedando, por ende, marchando también en contra del prócer.

La primera y más importante participación histórica que tuvo el joven teniente Filomeno Bravo, se suscitó la mañana del 13 de marzo de 1858, cuando una fracción de la oficialidad que momentáneamente estaba en Guadalajara se negó a reconocer a Juárez como presidente de la república y decidió tomarlo preso, enviando para esos efectos, al dicho teniente Bravo para que, al mando de un grupo de aproximadamente 20 soldados, se presentara en el despacho que el oaxaqueño tenía en el Palacio de Gobierno, y lo capturara vivo o muerto.

Habiendo sido aquel el momento en el que, ya con ese batallón apuntándole al pecho del presidente, don Guillermo Prieto se interpuso entre él y los fusiles, arengó a los soldados y supuestamente les gritó: “¡Los valientes no asesinan!” Convenciendo a Bravo, para bajar sus armas y no perpetrar el crimen que estuvo a punto de cometer.
Dicen esas mismas fuentes que, agradecido por aquel gesto, don Benito en persona le entregó al teniente Bravo una de sus tarjetas de presentación con la frase “Reciprocidad en la vida”, que rubricó. Frase y tarjeta que unos meses después le sirvieron al joven militar colimense para salvar ahora él su vida, en una ocasión que por el rumbo de Zacatecas fue capturado por un general republicano.

Más tarde, ya cuando estaban Carlota y Maximiliano ocupando la residencia de Chapultepec, Bravo, no sabemos cómo, empezó a formar parte del cuerpo militar que los cuidaba, hasta que un día formó parte del grupo selecto que se constituyó en la escolta de la emperatriz.

Por el retrato que de don Filomeno Existe en Salón de los Gobernadores del Palacio de Gobierno de Colima, podemos inferir que este intrépido paisano debió de ser muy guapo en su juventud y que, entre otros detalles, tal vez fue por eso que fue incorporado a la escolta imperial. Teniendo tiempo él de darse cuenta que doña Carlota y don Maximiliano dormían en habitaciones separadas.
Nos es imposible saber qué fue lo que ocurrió en el ánimo de aquel joven y guapo militar colimote durante los días, semanas o meses que estuvo al pendiente de la bella Carlota, pero sí nos es posible imaginar que, tal vez por sentirse sola, ella comenzó a fijar más su mirada en algunos de aquellos gallardos mexicanos puestos a sus órdenes, llegando a entusiasmar tanto al joven colimense que, según se sabe también, un día se atrevió a ser galante con ella, pero en vez de recibir, como se decía, “sus favores”, acabó siendo transferido a otro cuerpo militar, frustrando sus sueños de convertirse en amante de la emperatriz.

Algún tiempo después, muerto Maximiliano y vuelto don Benito a Palacio Nacional, Bravo regresó a Colima ya como capitán. Se levantó después en armas (1871) en contra de don Benito y a favor de Porfirio Díaz, con el Plan de Tuxtepec; se convirtió en diputado en 1873 y en gobernador, primero interino, a partir del 15 de diciembre de ese mismo año, y luego en constitucional o electo, a partir del 16 de septiembre de 1875. Pero sus enemigos comenzaron a intrigar en su contra y, aprovechando una visita que don Porfirio hizo a Guadalajara, se presentaron con él llevándole algunos documentos presuntamente inculpatorios y un pliego firmado por un montón de paisanos disconformes, y aquél decidió relevarlo del mando, enviando en su lugar al Gral. Doroteo López, quien no gobernaba muy a gusto que digamos, porque don Filomeno tenía ya para entonces una gran popularidad entre sus paisanos.
Las intrigas siguieron su curso y, tras unos hechos sangrientos ocurridos en las elecciones de 1878, acusaron a Bravo de ser su instigador, y el general López lo mandó tomar preso. Dándole por cárcel una casona que había por la calle Hidalgo, a donde la madrugada del 15 de diciembre de ese mismo año, llegaron a rescatarlo algunos de sus simpatizantes armados, matando a los vigilantes.

Huyeron todos ellos a continuación, hacia el rumbo de Coquimatlán, donde anduvieron recolectando víveres e invitando algunos amigos a participar, para alzarse después en contra del gobierno, pero el general López mandó a un batallón a buscarlos, se toparon alguna vez por los rumbos del Agua Zarca, pero se vieron obligados a huir por La Sidra hasta trastumbar los cerros que hoy forman parte de los límites entre Coquimatlán y Minatitlán, siempre acosados por sus perseguidores, quienes les dieron alcance mientras reposaban en unas lomas cercanas a la ranchería de El Agua Fría, donde precisamente el 25 de diciembre de ese año, trabaron el último de los combates.

Don Filomeno, en su larga vida de militar, se había expuesto muchísimas veces a los cambios climáticos de los diferentes lugares en donde había combatido, y ya para entonces padecía fuertes dolores de piernas por el reumatismo y viejas heridas. Siendo eso lo que, viéndose ya casi derrotados en el combate, le llevó a decir a sus amigos que se fueran y lo dejaran allí, porque simplemente ya no podía cabalgar, debido a los fuertes dolores que lo aquejaban.

Con tristeza, pero con realismo, así sucedió y dejaron a don Filomeno sentado en alguna parte de esa selvática zona, hallándolo posteriormente sus perseguidores, a los que pienso que debió de haber disparado porque cuando lo capturaron, ya solo, en vez de llevárselo preso a Colima, lo fusilaron allí mismo, dejando expuesto su cuerpo a los zopilotes.
Hay viejas versiones transmitidas de voz en voz, en el sentido de que algunos rancheros del rumbo se compadecieron del cuerpo de aquel hombre y, aun sin saber quien era, le dieron sepultura en lo más alto de una lomita, a donde un día, por cierto, me tocó ir con la guía de Efraín Naranjo.

Forzado, sin embargo, el gobernador, por la gente crispada de Colima, se sabe que mandó exhumar el cadáver y traerlo a sepultar a la ciudad, en donde lo enterraron el día 29, en el cementerio municipal que había entonces por el rumbo de El Moralete. Hace exactamente 139 años.

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