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Cosas de vivos y muertos

Vislumbres
Abelardo Ahumada

Paradoja.-

Resulta paradójico que, a veces, cuando alguien tiene la mejor intención de hacer las cosas bien, le va más mal de lo que le había ido antes. Y eso le pasó a José Ignacio Peralta Sánchez la semana anterior cuando, habiéndose puesto de acuerdo con altos mandos de la SEDENA para ir a dar el viernes 9 una conferencia sobre “La Política del Estado de Colima en Materia de Desarrollo y Seguridad”, hubo otra gran matazón en nuestra entidad, realizada, según se volvió a decir, por enfrentamientos entre los miembros de algunos cárteles que se disputan como quien dice la plaza entera y ya no, nada más el puerto de Manzanillo, convertido, según parece, en un enorme zaguán de entrada para cientos de kilos de drogas ya procesadas por mes, o de los precursores químicos que se requieren para ello.

De lo que muy poco que se publicó en cuanto al contenido de la conferencia brindada, se destacaron algunas cifras de lo que en materia de seguridad se ha podido hacer durante el año y meses que lleva JIPS al frente del gobierno estatal: “se han llevado a cabo 3 mil 393 operativos, 209 cateos; se han asegurado 158 bienes inmuebles, 667 armas y mil 286 vehículos”, aparte de que según eso también “se han revisado 141 mil 166 personas y 76 mil vehículos”. Cifras estadísticas que, de ser ciertas, podrían estar revelando la realización de un esfuerzo gigante; pero como los robos y los asesinatos siguen al por mayor, uno tiende a creer que muy poco ha servido todo eso para detener, aplacar o aun dar baja a los enemigos del orden y la sociedad, porque en eso se convierten los que delinquen, ¿o no?

Sociedad culpable.-

Muchos lectores recordarán que desde el mismo día en que Felipe Calderón recibió en su pecho la banda presidencial, le declaró la guerra a los narcos y demás miembros de la delincuencia organizada (y desorganizada, que también la hay), comenzando por enviar cientos de militares sacados de sus cuarteles a patrullar las carreteras y algunas brechas para desalentar, según eso, el trasiego de las mafias locales, inicialmente de Michoacán. Pero recordarán también que inmediatamente hubo reacciones críticas de los enemigos políticos del “Hijo Desobediente” y, éstas (las críticas) lo acusaban de estar errando las estrategias y de combatir el mal, pero no las causas, etc.

El gabinete de seguridad de aquel entonces comenzó a corregir las estrategias iniciales y, después de andar realizando rondines sin ton ni son, enderezaron las investigaciones a individuos y organizaciones ya más bien definidos y localizados, y comenzaron a capturar capos, y a desarticular sus nomenclaturas. Pero más tardaban en capturar o en eliminar a uno, cuando del mismo cártel surgían dos o más con ganas de quedarse con las jefaturas y el poder (económico y de todo tipo) que al parecer disfrutaban, y se iniciaron así las diputas internas que propiciaron después una guerra entre ellos, generando una mortandad creciente que, para qué negarlo, nos metió miedo a todos los individuos pacíficos que nos gusta andar libres y desarmados por todas partes.
Cuando todo eso comenzó a ser cada vez más notorio, los críticos más acérrimos comenzaron a decir que Calderón tenía la culpa de toda esa mortandad y que, por ende, todos esos miles de muertos eran “los muertos de Calderón”. Y éste tuvo que aguantar la vara porque simplemente no pudo hacer más contra esa parte corrupta de la sociedad mexicana que lo mismo trafica con drogas, que mata, secuestra o prostituye a sus semejantes.

Cinco años después, Enrique Peña Nieto, candidato presidencial entonces, queriendo ganarse las simpatías de los electores, utilizó esas mismas críticas contra Calderón, y salió a decirle al mundo que, de llegar a ser presidente, él sí sabría muy bien cómo atacar y extirpar ese cáncer social. Pero llegó a la presidencia y… Se tuvo que tragar todas sus críticas, porque su propio y recién estrenado gabinete de seguridad le recomendó seguir haciendo casi totalmente lo mismo que hacía su antecesor. Aunque buscó el modo de que los medios ya no difundieran con tanto aspaviento las cifras de muertos, secuestros y extorsiones a la gente pacífica y productiva, que no sólo crecieron sino continuaron, al grado de propiciar la aparición de las guardias comunitarias. A las que posteriormente quiso (y logró) aplacar, encarcelando a sus líderes.

Hoy, a casi cinco años también de haber asumido la presidencia, igual se habla “de los muertos de Peña Nieto”, que ya rondan los noventa y tantos mil. Pero yo insisto, ¿fueron Calderón y sus gentes los que mataron a diestra y siniestra? O ¿son hoy Peña Nieto y su gente los que continúan asesinando gente por todas partes? ¡No, mil veces no! Los asesinos son una parte corrupta de la sociedad, y eso no puede negarlo nadie.

¿Qué hacer entonces? He ahí el gran dilema. Pero por lo pronto algo que verdaderamente urge es que admitamos que así son las cosas, y que en todas las familias, las escuelas, las iglesias y los medios de difusión tenemos que volver a enseñar valores, respeto a la vida, respeto a la propiedad, amor por el trabajo productivo, decencia en el actuar. Educar, pues, a las nuevas generaciones y darles mejores expectativas de vida. Y en eso, o para eso, el gobierno solo no puede actuar, tenemos que hacerlo nosotros, los integrantes sanos y bien intencionados de la sociedad.
¿Asesinos seriales?

Dentro de tristísimo y escalofriante contexto sangriento que impera en Colima, ya son varios los muertos contabilizados entre las filas de los paisanos que tienen inclinaciones (o preferencias) sexuales a las que antes se creía ser las más naturales del mundo. Y eso nos lleva a pensar que, como bien concluyó un antiguo sabio anónimo, “siempre hay gente mala que se aprovecha del barullo que producen otros para cometer sus chingaderas”. O sea, que existe la posibilidad de que haya por ahí, aparte de las presuntas “parejas sentimentales” aquejadas por celos y rabietas inaguantables, uno o más individuos (o individuas) perversos que, aprovechando lo entretenidos que andan los policías y los detectives con tantos cadáveres como aparecen ya casi diario, se dedican a asesinar a quienes odian o desprecian, sólo para deshacerse de ellos y de la antipatía o la envidia que experimentaban cuando los veían.
Es una posibilidad, pero muy bien puede convertirse en una línea de investigación.

“La zona”.-

Y ya que hablamos de orientaciones sexuales y cosas por el estilo, desde la pasada semana se mencionó la idea que según parece tiene Héctor Insúa, presidente municipal de Colima, de remover o desaparecer la actual zona de tolerancia, para regular mejor las actividades que allí se realizan. Tal y como ocurrió hace unos cuarenta años, cuando don Arturo Noriega Pizano, entonces gobernador, decidió remover, también para mejorar, la que existía entonces.

En ese sentido recuerdo muy bien que desde que su servidor tenía unos ocho años e iba desde La Villa al colegio a Colima, el autobús urbano en que nos regresábamos al pueblo, pasaba por el puente de la calle Independencia, y casi por lo regular se paraba a recoger pasajeros en la esquina noreste del cruce con la calle Cuauhtémoc, enfrentito de la famosa tienda “El Agua Fría”, cuya existencia era un motivo de morbosa curiosidad para su servidor y los compañeros más precoces que viajaban en el mismo camión, porque según oíamos decir a los muchachos más grandes, o a los albañiles, a los jornaleros, a los mecánicos y, a uno que otro señor “de respeto”, allí era “La Zona”, un lugar aparentemente tenebroso al que a los niños nos estaba prohibido entrar.

Prohibición ciertamente tentadora porque aun con mi corta edad, a mí sí se me antojaba entrar, porque yo creía que ahí había fiestas constantes, ya que cuando pasaba uno por ahí en el camión ya por las tardes o entrada la noche, era frecuente escuchar música guapachosa en alto volumen, que salía del primer tugurio que estaba a la vista por la parte sur de la calle Cuauhtémoc, como quien iba uno hacia la calle España, que si mi memoria no me falla, se llamaba el Waikiki.

Y en cuanto a la calle España (de la que por cierto mi amigo escritor Salvador Márquez Gileta, que en paz descanse, escribió una excelente novela), cabe mencionar que allí, y en sus calles y callejones adyacentes para el lado de las huertas ubicadas también hacia el sur y hacia el Río Colima, vivían, casi como si lo hicieran en un gueto, “las güilas y los taraláilos”, nombres despectivos que se les daba por aquellos años a quienes se dedicaban a la prostitución.

En aquel tiempo se levantaron (igual que está sucediendo hoy) críticas muy fuertes en contra del gobernador Noriega, porque
presuntamente había decidido el cambio de manera muy unilateral. Pero cuando ya todo ocurrió y se trasladaron los prostíbulos y los cabarets desde el barrio del Agua Fría hasta las nuevas, mejores y más higiénicas instalaciones de lo que se llamó “la zona de tolerancia”, ya nadie dijo nada y todo mundo quedó, si no contento, en paz.

Sobre este sitio escribió alguna vez el profesor Roberto George Gallardo, cronista municipal del “Pueblo Chigülinero”, algunas anécdotas, entre las que recuerdo una en la que mencionaba que cuando se pusieron de moda los antros que allí existían, los sábados en la tarde, cuando sus paisanos que trabajaban en Colima ya volvían a Coquimatlán, solían detenerse en la zona “nomás a tomarse una cervecita” y acababan llegando a sus casas, “a pata”, en la madrugada siguiente, sin un solo cinco “pa’l chivo”, como le decían también coloquialmente al gasto diario.

Esperemos, pues, que se medite muy bien lo que se piensa hacer al respecto y que todo sirva para mejorar los al parecer indispensables servicios que en dicha “zona” se brindan, y que, por supuesto, mejoren también, por encima de todo, las condiciones en que las y los sexoservidores viven.

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