Peña Nieto, Trump y la Revoltura de las Fiestas Patrias

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Vislumbres

Abelardo Ahumada
Desfile.-
El lunes pasado me entrevistaron de Canal 11, para preguntar qué opino sobre el cambio de la ruta del desfile conmemorativo del 16 de septiembre, y si eso afecta la tradición.

Me asombré por las preguntas, porque lo que menos importa es la ruta por la que se realiza el desfile sino que éste se siga realizando y, sobre todo, que se comprenda el motivo de su realización. Porque si nos ponemos a reflexionar en este tipo de temas, la mayoría de nuestros paisanos no sabe (o no sabe con precisión) qué se conmemora en estos días, ni por qué se realizan el desfile y la ceremonia de El Grito, debiendo, se supone, de saberlo, porque la inmensa mayoría de ellos cursaron por lo menos toda la primaria. En donde (se supone también), tuvieron que habérselos enseñado.

Y menciono lo anterior no por soberbia ni por menosprecio al grueso de los paisanos, sino porque he tenido la curiosidad de, en plenos desfiles del 16 de Septiembre y del 20 de Noviembre, hacer algunas encuestas entre los asistentes, para preguntarles el motivo de dichos eventos, y la mayoría de quienes les he preguntado confunden las épocas, revuelven los personajes, y no tienen claro el por qué de la realización de semejantes actos ni, muchísimo menos, saben de la trascendencia y consecuencias que tales movimientos revolucionarios tuvieron en su tiempo. ¿Por qué?

Al respecto he atisbado dos sencillas respuestas: que la SEP y su sistema de enseñar Historia y Civismo son equívocos y han estado fallando, o que la propia ciudadanía, preocupada por otros asuntos (como el de su supervivencia, o el de conseguir “pa´l chivo” cotidiano), o desalentada por el mal ejemplo de los gobiernos, o enajenada por las telenovelas y otros programas, se ha olvidado, o tiene muy poco interés en entender por qué se llevaron a cabo las distintas revoluciones mexicanas y la trascendencia que todas ellas tuvieron, o tienen.

Fiestas Patrias.

A septiembre se le denomina “mes de las Fiestas Patrias”, y tal vez haya una muy justa razón en ello, aunque eso de decirle fiestas a los actos que se conmemoran, es tanto como convertir un velorio en pachanga. Conversión, por otra parte, en la que los mexicanos somos expertos, sobre todo cuando en los velorios comienzan a circular (generalmente entre los varones) desde el antiguo “café con piquete” hasta las “botellas preciosas” de güisquis, tequilas y coñaques. Así que nada tendríamos que estar extrañando que, en aras de conmemorar unos acontecimientos que fueron realmente funestos, se les denomine “fiestas patrias”.
Comencemos por el 13 de septiembre, mal conocido como “Fiesta de los Niños Héroes”. Que debe entenderse como ceremonia luctuosa, no sólo porque aquellos cadetes del Colegio Militar “murieron por la patria”, sino porque antes de ellos, junto con ellos y después de ellos murieron varios miles de mexicanos más en esa injusta guerra que se produjo a causa de las ambiciones expansionistas del gobierno de los Estados Unidos en 1847, y que, valiéndose de un burdo pretexto, le declaró la guerra a México, lo invadió y se acabó quedando con los gigantescos y riquísimos territorios de Nuevo México, Arizona, la Alta California y otras porciones de Nevada y Colorado. Así que ¿cuál fiesta?

El Grito.

Olvidémonos por un momento de la situación actual y de que el gobierno de Enrique Peña Nieto nos trae por la calle de la amargura y sin ganas de festejar ni los cumpleaños de nuestros amigos, para voltearnos a ver (es un decir) la realidad que prevalecía en la Nueva España cuando don Miguel Hidalgo y Costilla (ex párroco de Colima), lanzó su famoso “Grito” libertario en el pueblo de Dolores: Dicho grito no fue, como hoy dicen nuestros gobernantes desde sus respectivos balcones, el de “Viva México y los héroes que nos dieron patria”, sino el de “¡Viva nuestra señora la Virgen de Guadalupe! ¡Viva nuestro rey Fernando VII! ¡Y muera el mal gobierno!” Grito que, como precisa el historiador Jean Meyer, acabó simplificado entre los seguidores del padre Hidalgo como: “¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Y vamos a matar gachupines!”

La matanza, en efecto, no sólo comenzó en Dolores y en San Miguel El Grande, sino que se fue generalizando por donde quiera que cundió la insurrección armada, llegando incluso a la entonces muy pequeña y poco poblada Villa de Colima, donde durante los tres años siguientes se derramaría la sangre de varios miles de paisanos. Así que ¿cuál fiesta? Y, por otra parte, ¿qué tal que hubiera hoy otro Hidalgo que se pusiera a gritar, sobre hechos muy fundados, conocidos por todos nosotros, aquello de “¡Muera el mal gobierno!?”
Se nos ponen los pelos de punta con sólo pensarlo. ¿Eh? Pero ¿a poco no tendríamos algunos de nosotros ganas de gritar cosas así?
Trum, EPN y la In-Dependencia.

Ustedes, lectores, saben muy bien que, el otro día, como consecuencia de la desafortunadísima invitación que le hiciera el presidente Peña Nieto al candidato Donald Trump para venir a México, se desató una andanada de críticas tan fenomenal como la que no ha habido precedente en nuestro país. Y que, entre los muchísimos adjetivos que se les endilgaron a dichos personajes, a Trump no lo bajaron de fantoche, y a EPN lo menos que le dijeron fue tonto.

Más allá, sin embargo, de que la invitación de Peña a Trump haya sido una errata mayúscula, mucho de la discusión derivó del concepto que la mayoría de los mexicanos tenemos sobre la famosísima independencia. Aparte de habernos sentido muy agraviados por el candidato copetudo, cuando éste despotricó en contra de nuestros paisanos que, pasando ilegalmente la frontera, se han ido a trabajar a los Estados Unidos, sin reconocerle de ningún modo la razón al gringo ése, en el sentido de que él, desde su perspectiva reclama (generalizando) que varios de nuestros paisanos se han ido para allá a violar muchachas, repartir drogas, matar gente y arrebatar (algunos) empleos a los nacidos allá. Siendo que (quitándole lo de la generalización) todo lo dicho por él es de algún modo verdad.

No nos desgarremos las vestiduras. Trump tiene la razón en parte, porque así como los Niños Héroes defendieron en su momento a su país, él está defendiendo al que considera el suyo, y que a la inversa de lo que ocurrió entonces, hoy está siendo (también sin exagerar) invadido por millones de nuestros paisanos que, no hallando aquí buenas oportunidades para vivir, desesperados se han ido a buscarlas allá, muchas veces de manera ilegal. Pero no se confundan, lectores, no quiero defender a Trump, ni aprobar su estúpida idea de construir un muro fronterizo más largo y más alto que el que ya existe, sino aclarar que en estos días en que proclamamos nuestra independencia respecto de la vieja España, somos un país y un pueblo totalmente in-ter-de-pen-dien-te, no sólo del gobierno y de los habitantes de los Estados Unidos, sino de los canadienses, de los sudamericanos, de los europeos y de los demás pueblos del orbe.

En efecto, teniendo a Manzanillo como puerta abierta al mundo, ahí está, en el comercio internacional, una prueba palpable de que no hay, ni puede haber en nuestros días, un solo país que se precie de ser totalmente independiente, porque para bien o para mal todos son inter-dependientes del resto. No sólo porque ninguno produce todo lo que necesita, sino porque vende a los demás lo que a él le sobra, etc.

Así pues que, si ante la dominadora España de hace dos siglos, Hidalgo, Allende, Morelos y sus seguidores decidieron independizarse, hoy ya no valen los argumentos que los impulsaron a ello, y lo único en que tendríamos que estar pensando es que dentro de un marco de respeto internacional, nuestro país siga gobernándose, internamente, con cierta autonomía, porque ni nos ponemos a revisar el tema desde una perspectiva económica y comercial, México ya no es ni puede aspirar a ser independiente, a no ser que busque caer en un asilamiento absurdo respecto de los demás. Como actualmente pretende serlo una porción de ciudadanos británicos que, desde su chato concepto, quieren desvincularse de la Unión Europea.

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